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América Latina y la sombra del autoritarismo

América Latina y la sombra del autoritarismo

Sofía Serrato
Antropología y Relaciones Internacionales
Universidad del Rosario
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En el marco de la cátedra Estudio de América Latina y el Caribe, se realizaron reflexiones a partir de Hernán Ramírez, en Reflexiones acerca de las Dictaduras del Cono Sur como proyectos refundacionales, y de la película La Noche de los Lápices (1986). A partir de estas obras, se propuso leer los “traumas” de las dictaduras no como recuerdos del pasado, sino como marcas activas que siguen configurando la manera en que pensamos la democracia, la educación y la juventud en la región. El presente texto reflexiona sobre cómo estas discusiones no se centran únicamente en recordar, sino en identificar continuidades y patrones —a veces sutiles, otras veces violentos— que permiten que viejas lógicas de control reaparezcan bajo nuevas formas. Es, en última instancia, una invitación a no perder de vista la memoria como herramienta de alerta y resistencia.

La película “La Noche de los Lápices” ha marcado a varias generaciones en todo el continente, pero para los jóvenes hoy, más que un recuerdo es la advertencia de lo que podría venir. No, no hay que ser alarmistas. La democracia no se está desmoronando de la noche a la mañana. Pero la promesa de “protegerla”, aquella que América Latina hizo en los noventa, al terminar las dictaduras, parece haberse desvanecido con el acecho de una nueva forma de autoritarismo, utilizando estrategias que nos recuerdan a ese oscuro pasado. Los niños que vieron la película en aquel entonces en el cine son ahora los adultos que nos gobiernan. ¿Habrán olvidado lo que sucedió?


Esta película de “cine independiente” que narra el secuestro y asesinato de jóvenes estudiantes que se organizaron para exigir el boleto estudiantil, es un espejo que nos confronta con la eterna lucha entre el adultocentrismo y la rebeldía juvenil. La historia nos enseña que un joven que lucha por mejoras en el sistema no debería ser criminalizado ni, mucho menos, desaparecido. Pero, ¿qué pasa cuando un Estado adopta la misma lógica de represión años después en otro lugar? ¿Somos capaces de encontrar el patrón?
Si analizamos regímenes autoritarios, encontramos una alarmante repetición de patrones, entre una comparación de la dictadura militar argentina (1976-1983) y la actual administración de Nayib Bukele en El Salvador, aunque los contextos son distintos, ambos casos muestran cómo se instrumentaliza la educación para el control ideológico y el disciplinamiento social. Como si se tratase de un manual de control atemporal.
La militarización de la educación es el primer punto en común. Durante la dictadura argentina se implementó la “Subversión en el ámbito educativo”, un documento que etiquetaba a docentes y estudiantes disidentes como “enemigos”. Esto llevó a la persecución, despido y desaparición de miles. 

El Salvador, en agosto de este año hizo el nombramiento de una militar como ministra de Educación y aplicó la imposición de normas de conducta de estilo castrense—desde los cortes de cabello, saludos regimentados y actividades patrióticas—señalan una clara intención de militarizar el sistema educativo. Donde el incumplimiento se castiga con la expulsión estudiantil y docente. 

Esto apunta directamente al control ideológico. Con diferentes justificaciones se implementan medidas de disciplina militar desde sus cimientos, alterando el pensamiento y expectativas de las siguientes generaciones. Mientras la dictadura argentina buscaba imponer una “civilización occidental y cristiana”, prohibiendo centros de estudiantes y reprimiendo cualquier expresión política juvenil. El régimen salvadoreño ha propuesto homogeneizar el comportamiento de todo el sistema educativo desde el director al estudiante, con normas que exigen modelos de orden y disciplina para la totalidad del cuerpo educativo. Aunque la justificación es la “guerra contra las pandillas” que ha llevado al país a más de 3 años y medio en régimen de excepción, en la práctica, estas medidas son la implantación desde la infancia de la legitimación del proyecto político.
Para justificar esta violencia, se utiliza un potente discurso de poder que deshumaniza a los opositores mediante un lenguaje metafórico. Los términos de “cáncer”, “plaga”, “virus” o “ratas” no son meros insultos; son herramientas para construir la realidad del “enemigo interno” y justificar el terrorismo de Estado como una misión sanitaria y patriótica. Esta narrativa estatal de “orden_contra_caos” es la herramienta que lo justifica todo. En Argentina era la lucha contra la “subversión”; hoy, es la “guerra contra las pandillas”. Siendo la narrativa militar de costo de la seguridad, la que permite la similitud más alarmante, que es la supresión del debido proceso. El Salvador, con su régimen de excepción y detenciones masivas, nos muestra que la lógica de “culpable hasta que se demuestre lo contrario” sigue viva. Criticar estas políticas se interpreta automáticamente como un apoyo al “desorden” o a las pandillas, silenciando cualquier disidencia y anulando el pensamiento crítico.
Diferentes expresiones culturales nos recuerdan cómo en Argentina los detenidos eran considerados culpables sin juicio; en El Salvador miles han sido arrestados sin garantías judiciales. Estamos hablando de la criminalización de la juventud. Por un lado, la Argentina 1976, estudiantes que luchaban por un descuento en el transporte, fueron tildados de “subversivos” y enfrentaron secuestro, tortura y desaparición. Por el otro lado, El Salvador de 2025, con un régimen de excepción que ha llevado a detenciones masivas de personas —especialmente opositores— bajo sospecha de pertenecer a pandillas. 
Hoy, esta lógica se extiende a las escuelas, donde los estudiantes son arrestados por dibujos o peleas, y tratados como delincuentes, replicando un patrón de sanciones inmediatas, sin mediación pedagógica ni presunción de inocencia.

La película que incentivó esta reflexión es una poderosa advertencia, para analizar la actualidad. La historia de Argentina nos enseña que cuando un Estado usa la educación como un instrumento de control, la democracia y la libertad se ven amenazadas. Es crucial que las sociedades, y en particular los jóvenes, reconozcan estos patrones y defiendan los espacios educativos como bastiones de la libertad y el pensamiento crítico. Así como, comprender que el poder no siempre es abiertamente represivo; a menudo opera de manera sutil, “disciplinando” a la sociedad para que se autocensure y obedezca. La Noche de los Lápices no es solo una película; es un recordatorio que la lucha de, y por la juventud, es una tarea constante y necesaria.

 

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